
El caso es que hay ciertas cosas que realmente no parecen haber tomado el trabajo que tomaron, o las energías de quienes las materializaron, o los fondos de quienes las financiaron, como los espectáculos. Y es en serio. Tomen las películas, por ejemplo. La gran mayoría dura alrededor de dos horas, y nos sentamos a verlas con un pote de cotufas y un refresco obsceno en tamaño sin pensar que muchas han tardado años enteros en ser completadas. Pienso también en las horas de ensayo de una banda, o en las sesiones de maquillaje previo de los actores del teatro.
Creo que todo se resume en una cosa: entusiasmo. El mismo sentimiento que mueve a los artistas. La ilusión de ver la cosa terminada. El suspenso de ver si el público delira de pasión o de repudio. El alivio de lo completado, ya cuando todo pasa, y el recuerdo de haber sido parte de algo grande.
Y ese mismo entusiasmo lo lleva a uno a celebrar estas obras. No se, con, por ejemplo, un blog. Apaguen las luces.
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